Papa León XIV: el silencio, un tesoro en un mundo de prisas
Foto: Vatican Media
En un mundo que corre, que lo publica todo al instante y que no soporta un minuto sin ruido, el papa León XIV ha vuelto a poner sobre la mesa una palabra que parece pasada de moda: silencio. Lo hizo el miércoles 30 de septiembre de 2026, al recibir en el Palacio Apostólico a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas.
El mensaje iba dirigido a religiosas de clausura, pero sus palabras tocan de lleno la vida de cualquier familia hondureña: el celular que no se apaga, la televisión encendida todo el día, las prisas del trabajo y la dificultad para detenernos a escuchar a Dios y a los que tenemos al lado.
Qué dijo el Papa León XIV a las monjas contemplativas
El encuentro se produjo pocos días después del regreso del Santo Padre de su viaje apostólico a Francia. En su discurso a las monjas dominicas contemplativas, el Papa comenzó recordando una verdad que muchas veces olvidamos: la vida contemplativa no está al margen de la misión de la Iglesia, sino que es su corazón que late.
Para explicarlo citó al Concilio Vaticano II, que en el decreto Ad gentes (n. 40) reconoce la enorme importancia de los institutos de vida contemplativa para la evangelización del mundo. Las monjas que rezan en silencio detrás de los muros de un monasterio sostienen, con su oración, a los misioneros, a los sacerdotes y a las parroquias de todo el mundo.
El Papa recordó también la tradición de la Orden de Predicadores. Desde los primeros tiempos, las monjas dominicas acompañaron la predicación de los frailes con la oración, el estudio y la penitencia. Y citó a santo Tomás de Aquino, el gran teólogo dominico, que enseñaba que la misión consiste en transmitir a los demás lo que uno ha contemplado.
Santo Domingo: hablar con Dios o hablar de Dios
Uno de los momentos más bellos del discurso fue el recuerdo de santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos. El Papa explicó que Domingo intuía que toda predicación debe nacer del silencio, de la escucha y de la oración. Quien no ha escuchado primero a Dios, poco tiene que decir de Él.
León XIV recordó una frase con la que los primeros frailes describían a su fundador: Domingo prefería hablar con Dios o hablar de Dios. No perdía el tiempo en palabras vacías. Su vida era una conversación constante con el Señor, y de esa conversación brotaba una predicación llena de fuerza.
El Santo Padre comparó la contemplación con la respiración: así como el cuerpo no puede vivir sin respirar, el alma no puede vivir sin esa relación íntima con Dios que se cultiva en la oración silenciosa.
El silencio como acto de la voluntad
El centro del discurso fue el valor del silencio. El Papa recordó que las constituciones de las monjas dominicas les piden observar con diligencia el silencio de la clausura, y explicó por qué es tan importante.
En su mensaje dejó una frase que vale la pena guardar: “Hacer silencio es un acto de la voluntad”. No se trata simplemente de no hablar. El silencio cristiano es una decisión que compromete a toda la persona, que permite escuchar a Dios y que, al mismo tiempo, ayuda a construir relaciones más sólidas con los demás, porque están animadas por la Palabra de Dios.
El Papa añadió que el silencio abre espacios de libertad y de verdad, y que hace a las personas más sensibles hacia quienes no cuentan, hacia los que el mundo no ve. Quien sabe callar, sabe también escuchar el clamor de los pobres.
Un oasis de paz en un mundo de velocidad
El Santo Padre fue muy claro al describir el mundo de hoy: un mundo marcado por la velocidad, en el que todo tiene que ser visible enseguida y en el que cualquier vacío debe llenarse rápido. Frente a esa lógica, invitó a las comunidades contemplativas a ser oasis de paz verdadera y profunda, lugares donde cualquier persona pueda encontrar la calma necesaria para escuchar a Dios.

Es una descripción que reconocemos muy bien. Las notificaciones, los videos cortos, las noticias que se suceden sin descanso, la presión por responder de inmediato. Muchas personas, incluso muy jóvenes, viven agotadas, ansiosas o con dificultad para concentrarse. No es casualidad que este mismo mes el Papa haya pedido rezar por la pastoral de la salud mental, como explicamos en nuestro artículo sobre la intención de oración del Papa para octubre.
Las dificultades de los monasterios y la voz del Espíritu
El Papa no ocultó los problemas reales que viven muchas comunidades contemplativas: hermanas cada vez mayores, más fallecimientos que nuevas vocaciones, menos fuerzas para trabajar, dificultades económicas y edificios demasiado grandes para mantener.
Ante esta situación advirtió contra un peligro: el espíritu de supervivencia, que lleva a encerrarse y a aislarse. En lugar de preguntarse solo cómo mantener estructuras que se van quedando vacías, León XIV pidió a las monjas escuchar qué les pide hoy el Espíritu Santo. Para ello recordó la enseñanza de santa Catalina de Siena, terciaria dominica y doctora de la Iglesia, sobre la confianza en la Providencia.
Al final las animó a mantener la comunión entre los monasterios y a ser fieles a la tradición y, al mismo tiempo, abiertas a la novedad. Y las encomendó a la Virgen María, modelo de quien guarda la Palabra en el silencio del corazón.
El silencio en la enseñanza de la Iglesia
Las palabras de León XIV no son una idea aislada. La Iglesia ha hablado muchas veces del silencio como camino hacia Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2717), al explicar la oración contemplativa, la describe como escucha de la Palabra de Dios y como silencio, y recuerda que en ese silencio el Padre nos dice su Palabra encarnada.
En 2012, el papa Benedicto XVI dedicó su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a este mismo tema, con el título Silencio y Palabra: camino de evangelización. Allí explicaba que silencio y palabra no se oponen, sino que se necesitan: cuando callamos, permitimos que el otro hable y nos abrimos a comprenderlo mejor. Sin silencio no hay verdadera comunicación.
También la liturgia nos educa en el silencio. La Misa tiene momentos de silencio sagrado que no son tiempos muertos: después de las lecturas, para que la Palabra cale en el corazón; después de la comunión, para dar gracias en lo íntimo; y al comienzo, para reconocer nuestros pecados. Aprender a vivir bien esos momentos es una buena manera de empezar.
Los santos lo sabían. Santa Teresa de Calcuta, una mujer de acción incansable entre los más pobres, repetía que el fruto del silencio es la oración, y que de la oración nacen la fe, el amor y el servicio. Su vida muestra que el silencio no aleja de los demás: al contrario, nos prepara para servirlos mejor.
Qué nos dice este mensaje a las familias de Choloma
Aunque no vivamos en un monasterio, las palabras del Papa son una invitación muy concreta para nuestra vida diaria. Algunas ideas para ponerlas en práctica:
- Regalar a Dios unos minutos de silencio cada día. Al despertar o antes de dormir, sin celular, solo para decirle “aquí estoy” y escucharlo.
- Apagar la televisión durante las comidas. La mesa familiar es un lugar para mirarnos a los ojos y conversar, no para estar cada uno en su pantalla.
- Visitar al Santísimo. Nuestra parroquia es también un oasis de paz. Entrar un momento a la capilla, aunque sea cinco minutos, cambia el ritmo del día.
- Escuchar antes de responder. En la familia, en el trabajo y en las redes sociales, el silencio también es aprender a no contestar con enojo y a pensar antes de hablar.
- Rezar por las monjas de clausura. Ellas rezan por nosotros todos los días. Es justo que también nosotros recemos por ellas y por las vocaciones contemplativas.
El silencio que prepara la Palabra
En el Evangelio, Jesús se retiraba muchas veces a lugares solitarios para orar, sobre todo antes de las grandes decisiones. María guardaba y meditaba todo en su corazón. San José, el gran silencioso de los evangelios, no pronunció ni una sola palabra registrada, y sin embargo cumplió con fidelidad la misión más delicada que Dios le confió.
El silencio no es vacío. Es el espacio donde Dios puede hablar. En este mes de octubre, mes del Rosario, el rezo pausado de las Avemarías puede ser para muchos una escuela de silencio y de paz, una forma de bajar el ritmo y dejar que el Señor nos hable.
Que las palabras del papa León XIV nos ayuden a descubrir que no hace falta irse a un convento para encontrar a Dios. Basta con detenerse, apagar un poco el ruido y abrir el corazón. Ahí, en lo escondido, el Padre que ve en lo secreto nos espera siempre con los brazos abiertos.
Fuente: Santa Sede (vatican.va, discurso del papa León XIV a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas, 30 de septiembre de 2026; decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II), Vatican News (La semana del Papa León XIV), National Catholic Register/CNA.

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