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Reflexión

San Daniel Comboni, el misionero que soñó salvar África con África

Foto: Mattes, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

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Cada 10 de octubre la Iglesia recuerda a San Daniel Comboni, uno de los grandes misioneros de la historia moderna. En pleno mes de las misiones, cuando nos preparamos para celebrar el Domingo Mundial de las Misiones, su figura tiene mucho que decirnos. Comboni entregó toda su vida por los pueblos de África Central, en una época en que muchos los despreciaban, y lo hizo con una convicción revolucionaria: el Evangelio debía llegar a África a través de los mismos africanos.

Su lema lo resume todo: “Salvar África con África”. ¿Quién fue este sacerdote italiano y por qué su ejemplo sigue tan vivo?

Quién fue San Daniel Comboni

Daniel Comboni nació el 15 de marzo de 1831 en Limone sul Garda, un pequeño pueblo del norte de Italia, junto al lago de Garda. Sus padres eran campesinos humildes que trabajaban en los limonares de la zona. Tuvieron ocho hijos, pero solo Daniel sobrevivió hasta la edad adulta. Ese dolor familiar marcó su sensibilidad y su cercanía con los que sufren.

A los doce años fue enviado a Verona, al instituto fundado por el sacerdote Nicola Mazza, que educaba gratuitamente a jóvenes pobres con talento. Allí estudió con mucho empeño y aprendió idiomas, entre ellos francés, inglés y árabe. Fue en ese ambiente donde escuchó por primera vez hablar de las misiones en África Central.

En enero de 1849, con apenas diecisiete años, hizo un voto que cambiaría su vida: consagrarse por completo al apostolado de África Central. Fue ordenado sacerdote en 1854 y pocos años después partió por primera vez hacia el corazón del continente africano.

Las primeras misiones: fracaso y perseverancia

Las primeras expediciones fueron durísimas. El clima, las enfermedades tropicales, las distancias enormes y la falta de recursos se llevaron la vida de muchos de sus compañeros misioneros. El mismo Comboni enfermó gravemente y tuvo que regresar a Italia.

Humanamente, aquello parecía un fracaso. Muchos pensaron que la misión en África Central era imposible. Pero Comboni no se rindió. Siguió estudiando, rezando y buscando caminos nuevos para que el Evangelio llegara a esos pueblos que tanto amaba.

La inspiración junto a la tumba de San Pedro

En 1864, mientras rezaba en Roma junto a la tumba de San Pedro, Comboni recibió una intuición que él vivió como una luz de Dios. De allí nació su famoso Plan para la regeneración de África.

La idea central era muy novedosa para su tiempo: en lugar de pensar que solo los misioneros europeos podían evangelizar, había que formar a los propios africanos como catequistas, maestros, artesanos, religiosas y sacerdotes, para que ellos mismos llevaran la fe y el progreso a sus pueblos. De ahí su lema: salvar África con África.

Comboni creía profundamente en la dignidad de los africanos, a quienes muchos en Europa miraban con desprecio. Para él, cada persona era hija de Dios y capaz de grandes cosas si se le daba la oportunidad.

Fundador de misioneros y misioneras

Para hacer realidad su sueño, Comboni recorrió Europa pidiendo ayuda, hablando con obispos, reyes, sociedades misioneras y familias sencillas. Fundó en Verona un instituto de misioneros, que con el tiempo daría origen a los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús, y también las Misioneras Combonianas, las Pías Madres de la Nigricia, una de las primeras congregaciones femeninas dedicadas a la misión en África.

Comboni valoró mucho el papel de las mujeres en la evangelización, algo poco común en su época. Estaba convencido de que las religiosas podían llegar al corazón de las familias africanas y acompañar especialmente a las mujeres y a los niños.

Obispo y servidor de los más pobres

En 1877 fue nombrado vicario apostólico de África Central y ordenado obispo. Su territorio era inmenso, con pueblos muy distintos y una realidad muy dura: en esa época todavía existía el tráfico de esclavos, y Comboni luchó con valentía contra esa injusticia. Denunció la esclavitud ante las autoridades y trabajó para liberar y proteger a sus víctimas.

Vivió también hambrunas, epidemias y la muerte de muchos colaboradores. A pesar de todo, nunca perdió la confianza en Dios. Una de sus frases más recordadas expresa esa entrega total: deseaba vivir y morir por África, hasta la última gota de su vida.

San Daniel Comboni murió en Jartum, en el actual Sudán, el 10 de octubre de 1881, con apenas cincuenta años, agotado por el trabajo y la enfermedad. Antes de morir animó a sus misioneros a seguir adelante, convencido de que su obra no terminaría con él.

De beato a santo

Su intuición dio fruto abundante. Hoy los misioneros y misioneras combonianos trabajan en decenas de países de África, América, Asia y Europa, también en varios países de América Latina, al lado de los pobres, los indígenas, los migrantes y las periferias.

San Juan Pablo II lo beatificó el 17 de marzo de 1996 y lo canonizó el 5 de octubre de 2003. La Iglesia lo recuerda cada 10 de octubre, aniversario de su muerte.

Qué nos enseña San Daniel Comboni hoy

La misión no es solo para unos pocos. Comboni creía que todos los bautizados tienen algo que aportar a la misión de la Iglesia. Cada familia, cada grupo parroquial y cada joven puede ser misionero en su ambiente.

Confiar en las personas. Su lema “salvar África con África” nos enseña a no hacer las cosas “para” los demás, sino “con” los demás. En nuestras comunidades, eso significa formar líderes, catequistas y servidores de nuestra propia gente.

La perseverancia en el fracaso. Comboni vivió muchas derrotas, pero no se desanimó. Su vida nos recuerda que los frutos de Dios a veces llegan después de mucho esfuerzo y paciencia.

Defender la dignidad humana. Su lucha contra la esclavitud nos invita a mirar hoy las nuevas formas de explotación: la trata de personas, el trabajo infantil, el abuso de los migrantes.

El amor al Corazón de Jesús. Comboni encontraba su fuerza en el Corazón de Cristo, que ama a todos sin excepción. De ese amor nacía su pasión por los pueblos olvidados.

Un corazón misionero en lo cotidiano

Quizá pensemos que la vida de Comboni está muy lejos de la nuestra: viajes por el desierto, idiomas desconocidos, peligros y enfermedades. Pero el corazón de su espiritualidad se puede vivir en cualquier lugar.

Ser misionero, al estilo de Comboni, significa mirar a los demás con los ojos de Dios, especialmente a quienes nadie toma en cuenta. Puede ser el vecino enfermo que vive solo, el joven que se alejó de la Iglesia, la familia migrante que llegó a la colonia, el compañero de trabajo que atraviesa un momento difícil.

Significa también formar y confiar en otros. Comboni no quiso hacerlo todo él solo: preparó a catequistas y maestros para que continuaran la obra. En nuestras parroquias eso se traduce en acompañar a los nuevos servidores, enseñar a los jóvenes, compartir responsabilidades y no apagar los dones de nadie.

Y significa, sobre todo, rezar con constancia, poniendo cada día en manos de Dios a las personas que queremos servir. Comboni pasaba largas horas en oración, y de ahí sacaba la fuerza para seguir adelante cuando todo parecía perdido. Un misionero sin oración se cansa pronto; un misionero que reza encuentra siempre motivos para la esperanza, aun en medio de la cruz.

Comboni y el mes de las misiones

Octubre es el mes misionero, y este año se cumplen cien años del Domingo Mundial de las Misiones, el DOMUND. La figura de San Daniel Comboni nos ayuda a vivirlo con un corazón grande: rezar por los misioneros, conocer su trabajo y apoyar con nuestra ofrenda a las Iglesias más pobres del mundo.

En Honduras también conocemos de cerca el valor de los misioneros que dejaron su tierra para servir aquí, y de los hondureños que hoy sirven como misioneros en otros lugares. Su testimonio, como el de Comboni, nos recuerda que la fe crece cuando se comparte.

Oración a San Daniel Comboni

San Daniel Comboni, misionero apasionado del Evangelio, que entregaste tu vida por los pueblos de África y soñaste con una Iglesia donde cada pueblo anuncie a Cristo con su propia voz, intercede por los misioneros del mundo entero. Danos un corazón generoso para compartir nuestra fe, valentía para defender la dignidad de los más pobres y perseverancia en medio de las dificultades. Que nuestra parroquia sea una comunidad misionera, abierta y alegre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Un santo para una Iglesia en salida

San Daniel Comboni vivió lo que hoy llamamos una Iglesia en salida: dejó su tierra, se hizo cercano a los olvidados y confió en que Dios haría grandes cosas a través de ellos. En este 10 de octubre pidamos su intercesión por todos los misioneros, especialmente por quienes trabajan en los lugares más difíciles, y preguntémonos con sinceridad qué podemos hacer nosotros para que el Evangelio llegue más lejos.

Que la Virgen María, Reina de las Misiones, y Nuestra Señora de Lourdes acompañen a todos los que anuncian a Cristo en el mundo.

Fuente: Vatican News, Misioneros Combonianos, Agenzia Fides.

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