Evangelio del domingo 4 de octubre: la parábola de los viñadores
Foto: Rijksmuseum, CC0, vía Wikimedia Commons
Este domingo 4 de octubre de 2026 celebramos el XXVII domingo del tiempo ordinario, ciclo A. El Evangelio que se proclama en todas las parroquias del mundo es la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43), una de las páginas más fuertes y más tiernas a la vez de todo el Evangelio de San Mateo.
Es una historia de amor no correspondido. Un propietario cuida su viña con todo el cariño, la confía a unos trabajadores y espera los frutos. Pero los viñadores se adueñan de lo que no es suyo y terminan matando al hijo del dueño. Te invitamos a leer con calma este Evangelio, a conocer su contexto y a dejar que ilumine tu semana.
Las lecturas de este domingo
Las lecturas del XXVII domingo del tiempo ordinario (ciclo A) forman una unidad muy hermosa alrededor de la imagen de la viña:
- Primera lectura: Isaías 5,1-7. El “canto de la viña”: el profeta canta el amor de Dios por su viña, a la que cuidó con esmero, pero que en lugar de uvas buenas dio agrazones.
- Salmo 79 (80). Con el estribillo “La viña del Señor es la casa de Israel”, el pueblo pide a Dios que vuelva a visitar su viña.
- Segunda lectura: Filipenses 4,6-9. San Pablo nos invita a no angustiarnos por nada y a presentar todo a Dios en la oración, con la promesa de que el Dios de la paz estará con nosotros.
- Evangelio: Mateo 21,33-43. La parábola de los viñadores homicidas.
Qué cuenta la parábola de los viñadores
Jesús está en Jerusalén, pocos días antes de su Pasión. Acaba de entrar en la ciudad entre aclamaciones y ha expulsado a los vendedores del templo. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo le preguntan con qué autoridad hace estas cosas. Jesús les responde con varias parábolas, y esta es una de ellas.
Un propietario plantó una viña. La rodeó con una cerca, cavó un lagar para pisar la uva y construyó una torre para vigilarla. Después la arrendó a unos labradores y se fue de viaje.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para recoger los frutos que le correspondían. Pero los labradores los agarraron: a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. El dueño envió otros criados, más numerosos que los primeros, y los trataron de la misma manera.
Por último, les envió a su propio hijo, pensando que a él sí lo respetarían. Pero los viñadores, al verlo, se dijeron: este es el heredero, matémoslo y nos quedamos con la herencia. Lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.
Jesús pregunta entonces a sus oyentes qué hará el dueño con esos labradores. Ellos mismos responden que acabará con esos malvados y arrendará la viña a otros que le entreguen los frutos a su tiempo. Y Jesús concluye citando el Salmo 117: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Por eso, les dice, se les quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
Quién es quién en la parábola
Para entender el Evangelio de este domingo conviene identificar a los personajes, como lo ha hecho la tradición de la Iglesia desde los primeros siglos:
- El dueño de la viña es Dios Padre, que ama a su pueblo y lo cuida con paciencia infinita.
- La viña es el pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento era Israel, como canta Isaías. Hoy es también la Iglesia y cada uno de nosotros.
- Los criados enviados son los profetas, que Dios mandó una y otra vez para llamar a la conversión, y que muchas veces fueron rechazados y perseguidos.
- El hijo es Jesús. La parábola anuncia su propia muerte: lo echaron fuera de la viña y lo mataron, como sería crucificado fuera de las murallas de Jerusalén.
- Los viñadores representan a los responsables religiosos de aquel tiempo que rechazaron a Jesús, pero también a todos los que, en cualquier época, se adueñan de lo que Dios les ha confiado.
La viña es de Dios, no nuestra
El gran pecado de los viñadores es olvidar que la viña no es suya. Ellos solo eran arrendatarios, administradores. Pero se creyeron dueños y quisieron quedarse con todo.
Esta tentación es muy actual. Todo lo que somos y tenemos es un regalo de Dios: la vida, la familia, los talentos, el trabajo, la tierra, la fe. No somos dueños absolutos, sino administradores. Cuando lo olvidamos, empezamos a vivir como si Dios no existiera, a tratar a los demás como estorbos y a la creación como un objeto para explotar.
Hay una coincidencia hermosa este año: el 4 de octubre es también la fiesta de San Francisco de Asís, el santo que vivió con las manos abiertas, sin poseer nada, reconociendo que todo es don de Dios. Francisco es lo contrario de los viñadores homicidas. Él entendió que la viña es del Señor y le entregó todos sus frutos.
Dios espera frutos de nuestra vida
El dueño de la viña no pide nada imposible. Solo pide los frutos que le corresponden. Isaías dice que Dios esperaba de su viña derecho y justicia, pero encontró sangre derramada y gritos de los oprimidos (Is 5,7).
¿Qué frutos espera Dios de nosotros? San Pablo los enumera en la carta a los Gálatas: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (Gál 5,22-23). Son los frutos del Espíritu Santo.
Este Evangelio es una invitación a hacer un examen sincero. ¿Mi vida da frutos de amor en mi familia? ¿Soy justo en mi trabajo? ¿Comparto con los que tienen menos? ¿Mi fe se nota en mi forma de tratar a los demás? No se trata de sentir miedo, sino de responder con generosidad al amor de un Dios que nos ha cuidado tanto.
Un Dios que no se cansa de enviar mensajeros
Lo que más impresiona de la parábola es la paciencia del dueño. Envía un grupo de criados, luego otro más numeroso, y finalmente a su propio hijo. Humanamente, cualquiera se habría cansado mucho antes. Pero el amor de Dios no se rinde.
Así es Dios con cada uno de nosotros. Nos llama a través de la Palabra, de los sacramentos, de un sacerdote, de un amigo, de un acontecimiento de la vida, de una enfermedad, de un hijo. Siempre nos da una nueva oportunidad.
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que Dios, en su bondad, quiso revelarse progresivamente a los hombres, hasta enviar a su propio Hijo, Palabra definitiva del Padre (n. 65). En Jesús, Dios nos lo ha dicho todo.
La piedra que desecharon los arquitectos
La parábola no termina con la muerte del hijo. Jesús anuncia que la piedra desechada se ha convertido en piedra angular. Es el anuncio de la Resurrección.
Los viñadores creyeron que, eliminando al hijo, tendrían la última palabra. Pero la última palabra la tiene Dios. El rechazado es ahora el fundamento de todo el edificio. La cruz, que parecía un fracaso, se convierte en la fuente de la salvación.
Esto nos llena de esperanza. Aunque a veces parezca que el mal triunfa, que la injusticia y la violencia se imponen, Cristo resucitado es la piedra angular sobre la que se construye una vida nueva. Ninguna situación está perdida para Dios.
No se inquieten por nada: la paz de Filipenses
La segunda lectura de este domingo es un bálsamo para el corazón. San Pablo escribe a los cristianos de Filipos que no se angustien por nada y que en toda ocasión presenten a Dios sus peticiones con oración y acción de gracias. Y les promete que la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender, custodiará sus corazones en Cristo Jesús.
Pablo añade una lista de lo que debe ocupar nuestros pensamientos: todo lo verdadero, todo lo noble, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable. Es un buen programa para una semana: llenar la mente de lo bueno, en lugar de alimentarla con chismes, quejas o noticias que solo generan angustia.
En este mes de octubre, mes del Rosario, la invitación de Pablo se une a la del Papa León XIV, que nos pidió rezar el Rosario por la paz cada día. Presentar a Dios nuestras preocupaciones en la oración es el camino para recibir su paz.
Cómo vivir este Evangelio durante la semana
Te proponemos algunos gestos concretos para llevar la Palabra de este domingo a tu vida diaria:
- Dar gracias cada mañana por tres regalos de Dios en tu vida, recordando que todo es don suyo.
- Hacer un examen de conciencia con esta pregunta: ¿qué frutos espera hoy el Señor de mí?
- Escuchar a los “mensajeros” que Dios te envía: un consejo, una corrección fraterna, una invitación a volver a la confesión.
- Cuidar lo que se te ha confiado: tu familia, tu trabajo, tu salud, la creación, la comunidad.
- Rezar por los que tienen responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad, para que sean buenos administradores y no se crean dueños.
- Leer despacio Filipenses 4,6-9 cada noche y entregar a Dios las preocupaciones del día.
Oración para este domingo
Señor, dueño de la viña, gracias por todo el amor con que me has cuidado. Perdona las veces que me he creído dueño de lo que tú me diste. Haz que mi vida dé frutos de amor, de justicia y de paz. Que reciba a tu Hijo Jesús, la piedra angular, y construya sobre Él mi familia y mi comunidad. Amén.
Somos viña amada por Dios
El Evangelio de este domingo no es una amenaza, sino una declaración de amor. Dios ha plantado su viña, la ha cuidado y sigue esperando de ella frutos buenos. Esa viña somos nosotros.
Que esta semana podamos responder a tanto amor con una vida fecunda. Y que la Virgen María, la mujer que dio el fruto más hermoso, Jesús, nos ayude a ser buenos viñadores en la viña del Señor.
Fuentes: Leccionario del Misal Romano (XXVII domingo del tiempo ordinario, ciclo A: Is 5,1-7; Sal 79; Flp 4,6-9; Mt 21,33-43), Vatican.va (Catecismo de la Iglesia Católica), Sagrada Biblia (Gál 5,22-23; Sal 117).

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