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Reflexión

Monseñor Teodoro Gómez, fruto de una Iglesia misionera en Honduras

Monseñor Teodoro Gómez (derecha) en sus primeros años de ministerio. Foto de archivo compartida por los presbíteros de la Diócesis de Choluteca

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La partida de monseñor Teodoro Gómez Rivera, obispo de Choluteca, fallecido el 28 de septiembre en Madrid cuando viajaba a Roma para la visita ad limina, deja a la Iglesia de Honduras ante una memoria que trasciende su ministerio episcopal. En estos días sus restos reciben cristiana sepultura en la cripta de la Catedral Inmaculada Concepción de María de Choluteca, y su vida sacerdotal y episcopal puede ser comprendida también como parte de un proceso histórico más amplio: la renovación de la Iglesia latinoamericana impulsada por el Concilio Vaticano II, interpretada pastoralmente en la Conferencia de Medellín y concretada en Honduras mediante experiencias misioneras que promovieron la evangelización, la formación de comunidades y una participación cada vez más activa de los laicos. (Sobre su vida y su partida, lea también Monseñor Teodoro Gómez: una vocación nacida de la misión.)

En la trayectoria de monseñor Teodoro convergen estas realidades. Su vocación nació en el contexto de una Iglesia que estaba experimentando nuevas formas de presencia pastoral, particularmente en las comunidades rurales del sur de Honduras. Allí, la misión de los sacerdotes javerianos procedentes de Canadá, la formación de los Delegados de la Palabra de Dios y el protagonismo creciente de los laicos constituyeron un terreno fecundo para el surgimiento de nuevas vocaciones y para una comprensión renovada de la misión eclesial.

Su historia personal se convierte así en una expresión concreta de aquella renovación.

Una Iglesia en proceso de renovación

La segunda mitad del siglo XX marcó un momento decisivo para la Iglesia universal.

El Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, produjo una profunda renovación de la autocomprensión de la Iglesia y de su relación con el mundo. La Iglesia reafirmó su naturaleza como Pueblo de Dios, la vocación universal a la santidad y la responsabilidad de todos los bautizados en la misión evangelizadora.

En América Latina, esta renovación adquirió una particular concreción pastoral con la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín en 1968. Allí, las orientaciones conciliares fueron interpretadas desde las circunstancias históricas, sociales y pastorales propias del continente.

En Honduras, estos procesos encontraron una expresión particularmente significativa en las zonas rurales, donde la escasez de sacerdotes exigía nuevas formas de presencia evangelizadora y de organización comunitaria.

Fue en este escenario donde adquirió especial importancia la presencia de los misioneros de la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec (PME), conocidos en el sur del país como Padres Javerianos.

La misión javeriana y el sur de Honduras

Los Padres Javerianos llegaron a Honduras en 1955 y desarrollaron una importante labor evangelizadora, especialmente en la región sur del país.

Su misión no se limitó a la administración de los sacramentos. En medio de comunidades rurales con grandes dificultades de acceso a los servicios pastorales, promovieron procesos de formación, educación, organización comunitaria y participación de los laicos.

Una de las experiencias más significativas fue la formación de los Delegados de la Palabra de Dios, que nació en 1966 en Choluteca y desde allí se extendió a todo el país. Estos laicos asumieron responsabilidades concretas en sus comunidades, especialmente allí donde la presencia permanente del sacerdote no era posible.

Esta experiencia representó una importante expresión de corresponsabilidad eclesial.

No se trataba de sustituir al sacerdote, sino de formar comunidades capaces de vivir, celebrar y anunciar su fe, reconociendo que la misión evangelizadora pertenece a todo el Pueblo de Dios.

En este sentido, las experiencias desarrolladas en Honduras pueden ser comprendidas dentro del amplio movimiento de renovación pastoral que caracterizó a la Iglesia latinoamericana después del Concilio Vaticano II y de Medellín.

Monseñor Teodoro Gómez: una vocación nacida en la comunidad

En este contexto aparece la figura de Teodoro Gómez Rivera.

Nacido el 7 de mayo de 1963 en El Banquito, El Corpus, Choluteca, en el seno de una familia campesina, conoció desde joven la realidad del trabajo de la tierra y la vida comunitaria.

Antes de ingresar al seminario participó activamente en la vida de su comunidad y ejerció el servicio de Delegado de la Palabra de Dios.

Este dato resulta fundamental para comprender su posterior trayectoria sacerdotal.

Años después, el propio monseñor Teodoro reconocería públicamente la importancia de aquella experiencia en su discernimiento vocacional. En 2025, durante el 52.º Encuentro Nacional de Delegados de la Palabra, expresó: “Yo soy fruto de haber comenzado como delegado de la palabra en mi comunidad”.

Aquella afirmación constituye una clave para interpretar su historia.

La vocación sacerdotal no surgió al margen de la comunidad cristiana, sino dentro de ella. Fue en el servicio, en el anuncio de la Palabra y en el acompañamiento pastoral donde comenzó a descubrir el llamado de Dios.

La comunidad fue, por tanto, espacio de evangelización, pero también semillero vocacional.

De la corresponsabilidad laical al ministerio sacerdotal

La historia de Teodoro Gómez permite observar un aspecto de particular relevancia para la eclesiología contemporánea: la relación entre la participación de los laicos y el surgimiento de las vocaciones sacerdotales.

El joven que inicialmente recibió una responsabilidad como laico dentro de su comunidad terminó descubriendo una llamada al ministerio ordenado.

Esto manifiesta que la corresponsabilidad eclesial no disminuye la importancia del ministerio sacerdotal. Por el contrario, puede convertirse en uno de los ambientes donde las vocaciones son discernidas, acompañadas y fortalecidas.

La comunidad evangelizada se transforma también en comunidad que genera servidores.

En este proceso tuvo importancia el acompañamiento de los misioneros javerianos, particularmente del padre Iván Bouffard, quien participó en el discernimiento vocacional del joven Teodoro.

La misión había sembrado.

La comunidad había acogido.

Y una vocación comenzaba a germinar.

Una vocación que llegó al episcopado

Teodoro Gómez fue ordenado sacerdote el 27 de enero de 1996 para la Diócesis de Choluteca. Fue vicario parroquial, coordinador diocesano de la Pastoral Vocacional, director espiritual del Seminario Menor Pablo VI, formador del Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa, párroco, delegado de Cáritas y vicario general.

Su trayectoria lo condujo al episcopado. El 14 de noviembre de 2020 el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de Tegucigalpa, y recibió la ordenación episcopal el 15 de mayo de 2021. El 26 de enero de 2023 fue nombrado V obispo de la Diócesis de Choluteca, la misma Iglesia particular en cuyo territorio había nacido y donde había comenzado su camino de fe y servicio. Tomó posesión el 15 de abril de 2023.

Su llegada al episcopado tuvo, por ello, un profundo significado histórico y eclesial.

El antiguo Delegado de la Palabra regresaba ahora a aquella Iglesia como su pastor.

No regresaba simplemente como quien vuelve a un lugar conocido. Regresaba llevando consigo toda una experiencia eclesial: la misión, la formación comunitaria, la participación de los laicos, la promoción humana, la evangelización y el discernimiento vocacional.

Una comprensión sinodal de la misión

En su ministerio episcopal, monseñor Teodoro manifestó una particular sensibilidad hacia la participación de los distintos miembros de la Iglesia.

En su toma de posesión como obispo de Choluteca expresó su deseo de continuar la misión recibida de los misioneros y de promover una Iglesia caracterizada por la escucha, el diálogo y la participación.

Esta perspectiva permite establecer una conexión histórica con aquella experiencia pastoral que había conocido desde joven.

Sin utilizar anacrónicamente el lenguaje actual de la sinodalidad para describir experiencias de décadas anteriores, puede reconocerse una continuidad significativa: la Iglesia que formó a Teodoro ya había desarrollado mecanismos concretos de participación, corresponsabilidad y servicio de los laicos.

Lo que hoy denominamos con mayor precisión sinodalidad encuentra, en aquellas experiencias pastorales, algunos antecedentes concretos de una Iglesia que reconoce la diversidad de carismas y ministerios y comprende la evangelización como responsabilidad compartida.

Cristo, María y el sembrador

Una de las expresiones más elocuentes de la espiritualidad de monseñor Teodoro se encuentra en su escudo episcopal.

En él aparecen Cristo del Picacho, Nuestra Señora de Suyapa y un campesino sembrando la tierra, junto al lema «Servir en obediencia a Dios y a la Iglesia».

No parece posible contemplar estos elementos sin relacionarlos con la historia de quien los eligió.

Cristo ocupa el centro de la misión de la Iglesia.

María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Suyapa, representa la presencia maternal y evangelizadora de la fe hondureña.

Y el campesino que trabaja la tierra evoca tanto las raíces personales del obispo como la parábola evangélica del sembrador.

La imagen adquiere una fuerza particular.

Cristo, María y el sembrador.

Cristo, origen y centro de la misión.

María, mujer del sí y modelo de disponibilidad ante Dios.

El sembrador, imagen del discípulo que recibe la semilla, trabaja la tierra y confía en que Dios hará fructificar aquello que ha sido sembrado.

Es también una síntesis de la vida de monseñor Teodoro.

Nació en la tierra campesina.

Recibió la semilla de la fe.

Sirvió en su comunidad.

Descubrió su vocación.

Y dedicó su vida a sembrar el Evangelio.

El legado de monseñor Teodoro Gómez para la Iglesia de Honduras

La muerte de monseñor Teodoro Gómez no significa el final de esta historia.

Su legado pertenece a la Iglesia de Honduras y, particularmente, a una generación que recibió los frutos de una importante transformación pastoral.

Los misioneros extranjeros que llegaron a Honduras no realizaron su misión para perpetuar una presencia extranjera. Su servicio contribuyó a formar comunidades, promover liderazgos y favorecer procesos capaces de generar una Iglesia con mayor capacidad de asumir su propia responsabilidad evangelizadora.

Uno de los frutos de ese proceso fue precisamente el surgimiento de vocaciones locales.

Monseñor Teodoro constituye uno de esos frutos.

Por eso, su vida puede ser leída como una parábola eclesial: la misión recibida se transforma en misión entregada.

Aquellos que llegaron desde otras tierras para anunciar el Evangelio encontraron en Honduras hombres y mujeres capaces de recibir la fe, vivirla comunitariamente y continuar la misión.

Entre ellos surgió un joven campesino que comenzó como Delegado de la Palabra y que, con el paso de los años, llegó a ser obispo.

La semilla continúa

La vida de monseñor Teodoro Gómez permite mirar el presente y el futuro de la Iglesia hondureña con esperanza.

Su historia recuerda que las vocaciones necesitan comunidades vivas; que la misión necesita la participación de todos los bautizados; que la promoción humana y la evangelización pueden integrarse en una auténtica pastoral; y que la formación de los laicos puede convertirse también en un camino para descubrir nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Su historia también recuerda que los grandes procesos de renovación eclesial solamente alcanzan su verdadera dimensión cuando llegan a la vida concreta de las personas.

El Concilio Vaticano II produjo documentos.

Medellín realizó una lectura pastoral de aquel acontecimiento en el contexto latinoamericano.

Los misioneros javerianos ayudaron a concretar muchos de aquellos impulsos en comunidades hondureñas.

Los laicos asumieron responsabilidades.

Las comunidades se fortalecieron.

Y de aquella tierra surgieron vocaciones.

Una de ellas fue la de Teodoro Gómez.

Por eso, al contemplar hoy su legado, la imagen del sembrador de su escudo episcopal adquiere una particular profundidad.

El sembrador no es dueño de la cosecha.

Su tarea es preparar la tierra, depositar la semilla y confiar.

Monseñor Teodoro sembró con su vida.

Sembró la Palabra.

Sembró vocaciones.

Sembró comunión.

Sembró esperanza.

Ahora corresponde a la Iglesia continuar cultivando esa tierra.

Porque la misión recibida de Cristo permanece viva, y cada generación está llamada a recibir la semilla, hacerla fructificar y entregarla nuevamente.

Monseñor Teodoro Gómez fue fruto de una Iglesia misionera y de un proceso histórico de renovación conciliar que encontró en Honduras tierra fecunda. Su vida sacerdotal y episcopal constituye, así, un testimonio de que la renovación de la Iglesia alcanza su plenitud cuando se convierte en vocación, servicio y misión.

Fuente: Sala de Prensa de la Santa Sede (nombramientos del 14 de noviembre de 2020 y 26 de enero de 2023), Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec, Conferencia Episcopal de Honduras, Diócesis de Choluteca.

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