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Reflexión

San Juan XXIII y el Concilio Vaticano II: 64 años de una primavera

Foto: Lothar Wolleh, Public domain, vía Wikimedia Commons

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El 11 de octubre de 1962, en la Basílica de San Pedro, el Papa Juan XXIII abrió solemnemente el Concilio Vaticano II, el acontecimiento más importante de la Iglesia católica en el siglo XX. Por eso, cada 11 de octubre la Iglesia recuerda también a San Juan XXIII, el “Papa bueno”, que tuvo la valentía de convocar a los obispos del mundo entero para renovar la vida de la Iglesia y acercar el Evangelio a los hombres y mujeres de su tiempo.

Este domingo se cumplen 64 años de aquella apertura. Mucho de lo que hoy vivimos en nuestras parroquias, desde la Misa en nuestro idioma hasta la participación de los laicos, nació de ese Concilio. Vale la pena recordar cómo empezó y qué significa para nosotros.

Quién fue San Juan XXIII

Angelo Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, un pueblito del norte de Italia, en una familia campesina numerosa y muy creyente. Nunca olvidó sus raíces sencillas, y esa humildad lo acompañó toda la vida.

Fue ordenado sacerdote en 1904. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió como sargento sanitario y capellán militar, y vio de cerca el sufrimiento de los soldados heridos. Después trabajó muchos años como diplomático de la Santa Sede en Bulgaria, Turquía y Grecia, donde conoció de cerca a cristianos ortodoxos, musulmanes y judíos. Durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a salvar la vida de muchos judíos perseguidos.

Más tarde fue nuncio en Francia y, en 1953, patriarca de Venecia. Cuando fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958, ya tenía casi 77 años. Muchos pensaron que sería un Papa “de transición”, que no haría grandes cambios. Pero Dios tenía otros planes.

El anuncio que sorprendió al mundo

Apenas tres meses después de su elección, el 25 de enero de 1959, en la Basílica de San Pablo Extramuros, Juan XXIII anunció su intención de convocar un concilio ecuménico. Fue una sorpresa enorme. El último concilio, el Vaticano I, se había interrumpido en 1870.

El Papa explicó que quería un aggiornamento, una palabra italiana que significa “actualización”. No se trataba de cambiar la fe, sino de encontrar la mejor manera de anunciarla en un mundo que había cambiado muchísimo: guerras mundiales, nuevas tecnologías, descolonización, miedo nuclear y una cultura cada vez más alejada de Dios.

Juan XXIII lo explicó con una imagen sencilla: abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco.

El 11 de octubre de 1962: la apertura del Concilio Vaticano II

Después de tres años de preparación, el 11 de octubre de 1962 se abrió el Concilio en la Basílica de San Pedro. Participaron unos dos mil quinientos obispos de todos los continentes. Por primera vez en la historia, un concilio reunía a pastores de África, Asia y América Latina en tan gran número, mostrando que la Iglesia era verdaderamente universal.

En su discurso de apertura, conocido por sus primeras palabras en latín, Gaudet Mater Ecclesia (“Se alegra la Madre Iglesia”), el Papa dijo que el Concilio debía custodiar y enseñar de manera más eficaz el depósito de la fe. Pidió también no escuchar a los “profetas de calamidades” que solo veían desgracias en el mundo moderno, y preferir la medicina de la misericordia antes que la severidad.

El discurso de la luna

Esa misma noche ocurrió una escena que quedó en la memoria de la Iglesia. Miles de personas se reunieron en la Plaza de San Pedro con antorchas encendidas. El Papa se asomó a la ventana y, sin texto preparado, les habló con el corazón.

Dijo que hasta la luna se había asomado esa noche para mirar el espectáculo, y pidió a los fieles que, al volver a casa, dieran a sus hijos una caricia y les dijeran que era la caricia del Papa. Aquel “discurso de la luna” mostró el rostro de un pastor cercano, tierno y lleno de esperanza.

Un Papa que no vio el final

Juan XXIII no pudo ver la conclusión del Concilio. Enfermo de cáncer, murió el 3 de junio de 1963, pocos meses después de publicar su encíclica Pacem in terris, dirigida por primera vez “a todos los hombres de buena voluntad”, en la que habló de la paz, los derechos humanos y la dignidad de cada persona.

Su sucesor, San Pablo VI, continuó el Concilio y lo clausuró el 8 de diciembre de 1965. El Vaticano II dejó dieciséis documentos, entre ellos cuatro grandes constituciones: sobre la liturgia (Sacrosanctum Concilium), sobre la Iglesia (Lumen gentium), sobre la Palabra de Dios (Dei Verbum) y sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes).

Juan XXIII fue beatificado por San Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000 y canonizado por el Papa Francisco el 27 de abril de 2014, el mismo día que Juan Pablo II.

Lo que el Concilio Vaticano II cambió en nuestra parroquia

Muchas cosas que hoy nos parecen normales en la vida parroquial son fruto del Concilio:

La Misa en nuestro idioma. Antes del Concilio la Misa se celebraba en latín y el sacerdote daba la espalda al pueblo. Hoy participamos en español, respondemos, cantamos y escuchamos la Palabra de Dios en nuestra lengua.

La Biblia en manos del pueblo. El Concilio animó a todos los fieles a leer y meditar la Sagrada Escritura. Los círculos bíblicos y la lectio divina en nuestras comunidades son parte de esa herencia.

La vocación de los laicos. El Vaticano II recordó que todos los bautizados están llamados a la santidad y a la misión. Catequistas, ministros extraordinarios de la Comunión, coros, pastorales sociales y movimientos son expresión de esa Iglesia donde todos participan.

Una Iglesia que dialoga con el mundo. El Concilio pidió a los cristianos compartir “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de las personas de su tiempo, especialmente de los pobres.

El Concilio en Honduras

En América Latina, el Concilio se aplicó de manera especial a través de la Conferencia de Medellín de 1968. En Honduras dio frutos muy concretos. Uno de los más conocidos nació precisamente en nuestro país: los Delegados de la Palabra, laicos que desde 1966 comenzaron a celebrar la Palabra de Dios en las comunidades rurales donde el sacerdote no podía llegar cada domingo, una experiencia que luego se extendió por toda la región.

Recientemente recordamos esta historia en Lourdes Medios al hablar de Monseñor Teodoro Gómez, fruto de una Iglesia misionera en Honduras, cuyo ministerio fue en buena parte fruto de esa renovación conciliar.

El Diario del alma

San Juan XXIII dejó también un testimonio espiritual muy valioso: el Diario del alma, las notas que fue escribiendo desde su juventud en el seminario hasta sus años como Papa. En esas páginas se ve a un hombre que luchaba contra sus defectos, que hacía propósitos concretos en cada retiro espiritual y que confiaba completamente en la Providencia.

Uno de los rasgos que más se repiten es su deseo de vivir con sencillez y obediencia, sin buscar honores. Esa vida interior explica la serenidad con la que afrontó las grandes decisiones de su pontificado. El Concilio no fue una ocurrencia improvisada, sino el fruto de una vida de oración y de escucha a Dios. Leer algunas de sus páginas es una buena manera de acercarse a este santo tan querido y aprender de él a vivir la fe con paz y confianza.

Lo que San Juan XXIII nos enseña hoy

La bondad como camino. Juan XXIII convencía más con su sonrisa y su cercanía que con discursos severos. Su vida nos recuerda que la santidad tiene rostro amable.

La esperanza ante el mundo. No fue un “profeta de calamidades”. Supo ver lo bueno de su tiempo y confiar en la acción del Espíritu Santo.

La paz como tarea. En plena Guerra Fría, trabajó por el diálogo y la paz. Hoy, ante tantos conflictos, su ejemplo sigue siendo actual.

La sencillez del corazón. Nunca olvidó que era hijo de campesinos. Su humildad le permitió ser instrumento de grandes cosas.

Oración a San Juan XXIII

San Juan XXIII, Papa bueno, que abriste las ventanas de la Iglesia para que entrara el aire fresco del Espíritu Santo, ayúdanos a vivir con alegría nuestra fe. Danos un corazón sencillo, amable y lleno de esperanza. Intercede por la paz del mundo, por la unidad de los cristianos y por nuestra Iglesia de Honduras, para que sea casa de todos y anuncie con valentía el Evangelio. Amén.

Una primavera que continúa

El Concilio Vaticano II no es solo un recuerdo histórico: es un camino que la Iglesia sigue recorriendo, también hoy con la sinodalidad que impulsa el Papa León XIV. Este 11 de octubre demos gracias a Dios por San Juan XXIII y por aquel valiente “sí” al Espíritu Santo. Y, como él pidió aquella noche de luna, al volver a casa demos a nuestros hijos una caricia, signo de la ternura de Dios que la Iglesia quiere llevar a todos.

Fuente: Vatican News, Vatican.va, ACI Prensa.

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