Evangelio del 11 de octubre: el banquete de bodas (Mt 22, 1-14)
Foto: Brunswick Monogrammist, Public domain, vía Wikimedia Commons
Este domingo 11 de octubre, XXVIII del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos invita a escuchar una de las parábolas más fuertes de Jesús: el banquete de bodas del hijo del rey, que encontramos en el Evangelio de San Mateo, capítulo 22, versículos 1 al 14. Es una historia de invitaciones rechazadas, de puertas abiertas a todos y de un traje de fiesta que hace falta para entrar. Detrás de cada detalle hay una pregunta directa para nosotros: ¿cómo respondemos a la invitación de Dios?
Las lecturas de este domingo
Antes de entrar en el Evangelio, conviene mirar el conjunto de las lecturas, porque todas giran en torno a la imagen del banquete.
Primera lectura (Isaías 25, 6-10a). El profeta anuncia que el Señor preparará sobre su monte un banquete para todos los pueblos, con manjares suculentos y vinos excelentes. Dios quitará el velo de luto que cubre a las naciones, enjugará las lágrimas de todos los rostros y destruirá la muerte para siempre. Es una promesa de alegría y de salvación sin fronteras.
Salmo responsorial (Salmo 22). Es el conocido salmo del Buen Pastor: el Señor prepara una mesa ante nosotros, unge nuestra cabeza con perfume y nuestra copa rebosa. Habitaremos en la casa del Señor por años sin término.
Segunda lectura (Filipenses 4, 12-14. 19-20). San Pablo cuenta que ha aprendido a vivir en la abundancia y en la escasez, porque todo lo puede en Cristo que lo fortalece. Y asegura a la comunidad que Dios proveerá a todas sus necesidades.
Evangelio (Mateo 22, 1-14). Jesús compara el Reino de los cielos con un rey que celebra las bodas de su hijo y envía a sus siervos a llamar a los invitados.
Qué cuenta la parábola del banquete de bodas
Jesús cuenta que un rey preparó el banquete de bodas de su hijo y envió a sus criados a llamar a los invitados. Pero ellos no quisieron ir. El rey insistió y mandó otros criados a decirles que todo estaba listo: los animales preparados, la mesa servida. Sin embargo, los invitados no hicieron caso: uno se fue a su campo, otro a sus negocios, y algunos incluso maltrataron y mataron a los mensajeros.
Entonces el rey, indignado, dijo a sus criados que salieran a los cruces de los caminos y llamaran a todos los que encontraran. Los siervos reunieron a buenos y malos, y la sala se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a ver a los invitados, encontró a un hombre que no llevaba traje de fiesta. Le preguntó cómo había entrado sin él, y el hombre se quedó callado. El rey mandó echarlo fuera. Jesús termina con una frase que nos hace pensar: muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.
El sentido de la parábola
Jesús dirigió esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, en los últimos días antes de su pasión. El rey es Dios Padre; el hijo es el mismo Jesús; el banquete de bodas es el Reino de Dios, la alegría de la salvación. Los primeros invitados representan a quienes, teniendo todo para reconocer a Jesús, rechazaron su invitación.
Pero la parábola no se queda en un juicio sobre el pasado. Nos habla a nosotros hoy, por lo menos en tres aspectos.
1. Dios invita con insistencia
Lo primero que llama la atención es la generosidad del rey. No se cansa de invitar. Envía una vez, envía otra vez. Así es Dios con nosotros: nos llama una y otra vez, en la Misa del domingo, en la Palabra, en los sacramentos, en las personas que nos aman, en los acontecimientos de la vida.
El Reino de Dios no es una carga ni un castigo: es una fiesta. Dios no nos invita a una obligación aburrida, sino a la alegría de una boda. ¡Cuánto cambiaría nuestra manera de vivir la fe si la viéramos así!
2. Las excusas que nos alejan
Los invitados no rechazaron la invitación por algo malo en sí mismo. Uno se fue a su campo y otro a sus negocios. El trabajo, los compromisos, las preocupaciones diarias son cosas buenas, pero se volvieron excusas para no ir a la fiesta.
¿No nos pasa lo mismo? “No tengo tiempo para ir a Misa”, “el domingo es el único día para descansar”, “rezo cuando me acuerdo”, “la parroquia queda lejos”. Muchas veces no rechazamos a Dios de frente, simplemente lo dejamos para después, y el después nunca llega.
3. Una mesa abierta para todos
Cuando los primeros invitados se negaron, el rey abrió las puertas a todos: buenos y malos, los que estaban en los cruces de los caminos. Es una imagen preciosa de la Iglesia: nadie queda excluido por su pasado, su pobreza o su historia. Dios llama a todos.
Esta es una invitación para nuestras comunidades parroquiales. Estamos llamados a salir a “los cruces de los caminos”: a las colonias, a los jóvenes que se alejaron, a las familias que sufren, a quienes piensan que la Iglesia no es para ellos. Todos tienen un lugar en la mesa.
El traje de fiesta: ¿qué significa?
La parte final de la parábola suele desconcertar. Si el rey invitó a todos, ¿por qué expulsó al hombre sin traje de fiesta?
En tiempos de Jesús, el traje de bodas era signo de respeto y de alegría por la fiesta. Los Padres de la Iglesia explicaron que ese traje representa la gracia de Dios y la vida nueva que recibimos en el bautismo, y que se manifiesta en la caridad. La invitación es gratuita, pero no es indiferente: aceptar la invitación implica dejarse transformar.
Dicho de otro modo: Dios nos acepta tal como somos, pero nos ama demasiado para dejarnos igual. Entrar al banquete significa revestirse de Cristo, cambiar de vida, dejar que el amor de Dios se note en nuestras obras. El hombre de la parábola entró, pero no quiso cambiar nada. Y cuando el rey le preguntó, no tuvo nada que decir.
El banquete que ya vivimos cada domingo
Hay un banquete que anticipa la fiesta del cielo y que podemos vivir cada semana: la Eucaristía. Cada domingo Dios nos invita a su mesa, nos alimenta con su Palabra y con el Cuerpo de su Hijo. Por eso el sacerdote, antes de la Comunión, dice: dichosos los invitados a la cena del Señor.
Preparar el “traje de fiesta” para la Misa significa llegar con el corazón dispuesto, reconciliados con Dios y con los hermanos, buscando el sacramento de la Confesión cuando hace falta, y vivir después durante la semana lo que celebramos el domingo.
Muchos son los llamados, pocos los escogidos
La frase final de Jesús puede asustarnos, pero no debemos leerla como si Dios quisiera salvar solo a unos pocos. Toda la parábola muestra lo contrario: el rey invita a todos, insiste, sale a buscar a los que están en los caminos. El deseo de Dios es que la sala se llene.
Lo que Jesús subraya es nuestra libertad. Dios llama a todos, pero no obliga a nadie. Ser “escogido” no depende de méritos especiales, sino de aceptar la invitación y dejarse revestir por la gracia. Los que no entran son los que no quieren entrar, o los que entran sin querer cambiar nada.
Esta frase es, en el fondo, una llamada a la responsabilidad y a la conversión. No basta con estar bautizados o aparecer de vez en cuando en la iglesia. Jesús nos invita a tomar en serio su amistad, a dejar que el Evangelio toque nuestra manera de vivir, de trabajar, de tratar a la familia y de usar el dinero. La invitación sigue abierta hoy, y cada día es una nueva oportunidad para responder con un sí sincero.
Preguntas para reflexionar en familia
- ¿Qué excusas pongo con más frecuencia para no responder a la invitación de Dios?
- ¿Vivo la Misa del domingo como una fiesta o como una obligación?
- ¿A quién podría invitar yo a la mesa del Señor esta semana?
- ¿Cuál es el “traje de fiesta” que me falta: perdonar, cambiar un hábito, acercarme a la Confesión?
Oración
Señor, Rey bondadoso, que nos invitas con insistencia al banquete de tu Hijo, perdona las veces en que hemos puesto excusas para no ir a tu fiesta. Gracias porque tu mesa está abierta para todos, también para nosotros con nuestras pobrezas. Revístenos con el traje de tu gracia, para que nuestra vida refleje la alegría de ser tus invitados. Haz de nuestra parroquia una casa abierta que salga a los caminos a llamar a todos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
La fiesta está preparada
El Evangelio de este domingo nos recuerda que Dios ya preparó todo: la mesa está servida y la invitación sigue en pie. Solo falta nuestra respuesta. Que este domingo, al participar en la Eucaristía en Nuestra Señora de Lourdes, lo hagamos con el corazón de quien llega a una fiesta de bodas, agradecidos, alegres y dispuestos a dejarnos transformar por el amor de Dios.
Fuente: Leccionario del Misal Romano, Vatican News (Evangelio del día), Catecismo de la Iglesia Católica.

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