San Francisco de Asís, 4 de octubre: vida del santo de la paz y bien
Foto: Terragio67, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Cada 4 de octubre la Iglesia celebra a San Francisco de Asís, uno de los santos más queridos de la historia y, sin duda, uno de los más cercanos al corazón del pueblo sencillo. Este año su fiesta tiene un brillo especial: se celebra en pleno Año Jubilar Franciscano, convocado por el Papa León XIV para recordar los 800 años de su muerte.
Ayer recordamos el Tránsito de San Francisco, su paso de esta vida al Padre el 3 de octubre de 1226. Hoy queremos mirar toda su vida: el joven rico que soñaba con ser caballero, el convertido que besó a un leproso, el hermano de todas las criaturas, el hombre que llevó en su cuerpo las llagas de Cristo. Y queremos preguntarnos qué nos dice a nosotros, a nuestras familias y a nuestra parroquia.
Un domingo con sabor franciscano
Este 2026 el 4 de octubre cae en domingo. Por eso, en la Misa se proclaman las lecturas del XXVII domingo del tiempo ordinario, porque el domingo, día del Señor, tiene prioridad sobre la memoria de los santos. Pero eso no impide que en las parroquias, las comunidades franciscanas y las familias recordemos a San Francisco con alegría: en la oración de los fieles, en la bendición de los animales, en la catequesis con los niños o en la oración en casa.
De joven rico a hermano de los pobres
Francisco nació en Asís, en el centro de Italia, hacia el año 1182. Su padre, Pietro di Bernardone, era un rico comerciante de telas, y su madre, Pica, una mujer piadosa. Lo bautizaron con el nombre de Juan, pero su padre, que volvía de un viaje de negocios por Francia, comenzó a llamarlo Francesco, “el francesito”, y con ese nombre pasó a la historia.
De joven, Francisco era alegre, generoso y amante de las fiestas. Soñaba con la gloria de los caballeros. En 1202 participó en la guerra entre Asís y Perugia, cayó prisionero y pasó casi un año en la cárcel. Al volver enfermó gravemente. Más tarde, cuando partía de nuevo a la guerra, sintió en Espoleto que el Señor lo llamaba a servir a otro Señor, más grande que cualquier noble de la tierra.
Comenzó entonces un camino lento de conversión. Él mismo cuenta en su Testamento que antes le resultaba muy amargo ver a los leprosos, pero que el Señor lo llevó entre ellos y practicó con ellos la misericordia. Un día, venciendo su repugnancia, bajó del caballo, besó a un leproso y le dio una limosna. Aquello que le parecía amargo, escribió, se le convirtió en dulzura del alma y del cuerpo.
“Francisco, ve y repara mi casa”
Hacia 1205, mientras rezaba en la pequeña iglesia de San Damián, casi en ruinas, Francisco escuchó que el Cristo del crucifijo le decía: “Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, se está cayendo”. Al principio entendió el encargo al pie de la letra y se puso a reconstruir con sus manos la capilla de San Damián y otras iglesias pobres de los alrededores, entre ellas la Porciúncula.
Con el tiempo comprendió que el Señor le pedía algo más grande: reparar la Iglesia viva, renovarla desde dentro con el Evangelio vivido sin rebajas.
Su padre, indignado porque Francisco vendía telas de la tienda para ayudar a los pobres y reconstruir iglesias, lo llevó ante el obispo de Asís para reclamarle el dinero. Allí, delante de todos, Francisco se quitó la ropa, se la devolvió a su padre y dijo que desde ese momento solo podía decir “Padre nuestro, que estás en el cielo”. El obispo lo cubrió con su manto. Era el año 1206 y Francisco tenía unos 24 años.
Los hermanos menores y Santa Clara
Francisco no quería fundar nada. Solo quería vivir el Evangelio. Pero pronto otros jóvenes de Asís se unieron a él, empezando por Bernardo de Quintavalle, un hombre rico de la ciudad. Al abrir juntos el Evangelio, encontraron las palabras de Jesús: vende lo que tienes y dalo a los pobres; no lleven nada para el camino; el que quiera seguirme, que tome su cruz.
Cuando eran doce, fueron a Roma y el papa Inocencio III aprobó de palabra su forma de vida hacia 1209. Así nacieron los Hermanos Menores, que hoy conocemos como franciscanos. Francisco quiso que se llamaran “menores” para que nunca se sintieran superiores a nadie.
En 1212 una joven noble de Asís, Clara, huyó de su casa en la noche del Domingo de Ramos para consagrarse a Dios siguiendo el ejemplo de Francisco. Así nació la Segunda Orden, las Hermanas Pobres o Clarisas. Más tarde, muchos laicos casados quisieron vivir el espíritu franciscano en medio del mundo, y nació lo que hoy es la Orden Franciscana Seglar.
Un hombre de paz en tiempos de guerra
Francisco vivió en una época de cruzadas, guerras entre ciudades y luchas de poder. En medio de esa violencia, su saludo era siempre el mismo: “El Señor te dé la paz”. De ahí viene el famoso lema franciscano “Paz y bien”.
En 1219, en plena quinta cruzada, Francisco viajó a Egipto y cruzó las líneas de batalla para encontrarse con el sultán Malik al-Kamil en Damieta. Fue desarmado, sin más fuerza que su fe, a hablarle de Cristo. El sultán lo recibió con respeto y lo dejó regresar sano y salvo.
Por eso no es casualidad que el Papa León XIV, al convocar el Año Franciscano, haya presentado a Francisco como testigo de paz en una época marcada por guerras interminables. En su carta a la Familia Franciscana, el Santo Padre invitó a ser testigos «desarmados y desarmantes» de la paz de Cristo.
El primer pesebre y las llagas de Cristo
En la Navidad de 1223, en el pueblito de Greccio, Francisco quiso ver con sus propios ojos la pobreza en que nació el Niño Jesús. Preparó un pesebre con heno, un buey y un asno, y allí se celebró la Misa de Nochebuena. Así nació la tradición del nacimiento que tantas familias hondureñas arman cada diciembre en sus casas.
Ese mismo año, el papa Honorio III aprobó con una bula la Regla definitiva de los Hermanos Menores.
En septiembre de 1224, mientras ayunaba y oraba en el monte La Verna, Francisco recibió en sus manos, pies y costado los estigmas, las llagas de Cristo crucificado. Es el primer santo de la historia del que se conoce este don. Su amor a Jesús había llegado a tal punto que su propio cuerpo se parecía al del Señor en la cruz.
El Cántico de las criaturas y el amor a la creación
En 1225, enfermo, casi ciego y con muchos dolores, Francisco compuso el Cántico del hermano sol, también llamado Cántico de las criaturas. En él alaba a Dios por el hermano sol, la hermana luna y las estrellas, el hermano viento, la hermana agua, el hermano fuego y la madre tierra. Es uno de los primeros poemas escritos en lengua italiana.
Las Florecillas de San Francisco, una colección de relatos sobre su vida, narran cómo predicaba a los pájaros y cómo amansó al lobo que aterrorizaba a la ciudad de Gubbio. Francisco veía en cada criatura un reflejo del Creador.
San Juan Pablo II lo proclamó en 1979 patrono de los que cultivan la ecología. El papa Pío XII lo había declarado en 1939 patrono de Italia, junto con Santa Catalina de Siena.
La bendición de los animales
De ese amor por las criaturas nace la costumbre, muy extendida en América Latina, de bendecir a los animales en la fiesta de San Francisco. Muchas parroquias invitan a las familias a llevar a sus perros, gatos, pájaros y otros animales para recibir la bendición del sacerdote.
El Bendicional de la Iglesia incluye una bendición para los animales. No se trata de un gesto folclórico, sino de alabar a Dios por sus criaturas y de recordar nuestra responsabilidad de cuidarlas. Los animales son un regalo de Dios, y tratarlos con respeto forma parte de la vida cristiana. El Catecismo enseña que se les debe benevolencia, como hicieron santos como Francisco (n. 2416), y al mismo tiempo recuerda que no se les debe dar el amor que solo se debe a las personas (n. 2418).
Qué nos enseña San Francisco hoy
Estas son algunas de sus lecciones para nuestra vida:
- La alegría de la sencillez. En un mundo que mide a las personas por lo que tienen, Francisco nos enseña que se puede ser profundamente feliz con poco.
- El amor a los pobres. Francisco descubrió a Cristo en los leprosos. Nosotros podemos descubrirlo en el enfermo, el anciano solo, el migrante, el que vive en la calle.
- La paz. Ser instrumentos de reconciliación en la familia, en el trabajo, en el barrio y en las redes sociales.
- El cuidado de la creación. No desperdiciar, no ensuciar, no maltratar a los animales, dar gracias por los dones de la tierra.
Cómo celebrar a San Francisco este domingo
Te proponemos algunas ideas para vivir esta fiesta en familia:
- Participar en la Misa dominical y ofrecerla por la Familia Franciscana y por la paz del mundo.
- Llevar a tus mascotas a la bendición, si tu parroquia la organiza.
- Rezar en casa el Cántico de las criaturas y dar gracias por la creación.
- Contar a los niños la vida de San Francisco: el leproso, el crucifijo de San Damián, el pesebre de Greccio, los pájaros.
- Ganar la indulgencia plenaria del Año Franciscano visitando un templo dedicado a San Francisco o atendido por los franciscanos, con confesión, comunión y oración por el Papa.
- Hacer una obra de caridad con un pobre o un enfermo, como Francisco con los leprosos.
Una oración de San Francisco
Francisco enseñó a sus hermanos a rezar esta oración cada vez que pasaban ante una iglesia o una cruz. Él mismo la recuerda en su Testamento:
Te adoramos, Señor Jesucristo, aquí y en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. Amén.
El pobrecillo que enriqueció al mundo
San Francisco de Asís lo dejó todo y, sin embargo, enriqueció al mundo entero.
En este domingo de fiesta, pidámosle que nos ayude a reparar la casa del Señor empezando por nuestro propio corazón, por nuestra familia y por nuestra comunidad. Que nos enseñe a vivir con alegría y sencillez, a amar a los pobres y a cuidar la creación. Y que su saludo resuene en cada hogar de Honduras: paz y bien.
San Francisco de Asís, ruega por nosotros.
Fuentes: Vatican News (carta del Papa León XIV a la Familia Franciscana, enero de 2026), ACI Prensa (Año Jubilar de San Francisco y bendición de animales), Vatican.va (Catecismo de la Iglesia Católica), escritos de San Francisco de Asís (Testamento, Cántico de las criaturas), Tomás de Celano y San Buenaventura (biografías de San Francisco), Florecillas de San Francisco.

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